Traedme el mar -relato-

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Un cuento infantil.

Cuentan que la princesa del Reino del Lago tenía los ojos azules. Hay quien dice que al mirarlos, podía verse en ellos el mar embravecido, chocando fuertemente contra las rocas. Quizás por ello, sus súbditos y todos cuantos accedían a hablar con ella, no se atrevieran jamás a mirarle a la cara, bajando siempre la vista para no encontrarse con su mirada.

Aquejada desde temprana edad por una grave enfermedad, la princesa no podía desplazarse de un lugar a otro sin la ayuda de los lacayos que la transportaban en brazos, sobre su silla de madera.

Cuentan también que fue el mago encantador  de un reino rival, quien a base de conjuros había paralizado las piernas de la joven, vengándose así de su padre, el Rey del Lago, quien en una no muy lejana batalla, había cortado con su propia espada una de las piernas del primogénito hijo de aquel reino enemistado…

El caso es que cierta mañana, la princesa de ojos azules hizo llamar a sus mensajeros para comunicarles su más secreto deseo. En presencia de su padre, el Rey del Lago, los cuatro mensajeros reales se arrodillaron frente al trono esperando órdenes.

– Padre, quiero que envíes a tus mensajeros más allá de las montañas   –  dijo la hermosa princesa con tono serio – . Quiero que  todos en los demás reinos sepan que he decidido casarme al fin, y que espero que pronta sea la fecha de mi boda.

Al oír esto, su padre sonrió de orgullo, ya  que  nada deseaba más que ver por fin casada a su única hija.

 -Pero he de añadir también, que sólo uniré mi vida a aquel que consiga hacer mi sueño realidad  –  continuó la princesa – .

 – ¿Cuál es ese sueño, hija mía? –  preguntó el rey sonriendo aún    .

La princesa contestó entonces así:

– He conseguido bajar varias veces al lago y contemplar allí el ocaso del sol y la luna reflejada en sus aguas. Pero sé que debido a mi enfermedad, jamás lograré cruzar las montañas para llegar hasta el mar. Padre  –  continuó la princesa mirándole a los ojos – , sólo deseo casarme con aquel que consiga traer el mar a mi reino, ya que contemplar sus aguas de las que tanto he oído hablar, es lo que más deseo en este mundo.

El Rey del Lago frunció el ceño preguntándose si  aquel deseo podría llegar a complacerse algún día, ya que él tampoco había contemplado el mar, e ignoraba por tanto cuáles eran sus dimensiones y cuán grandes eran los océanos que surcaban los barcos de los reinos costeros. Pero también era cierto que deseaba ver casada a su hija sin más tardanza, por lo que ordenó partir rápidamente a sus cuatro mensajeros, hacia los cuatro puntos cardinales…

               Pasó el tiempo y, cuentan, que desde el Norte llegó un caballero quien pidió enseguida ser reunido con la princesa. Apresuradamente, el rey entró en el Gran salón sentándose en su trono, mientras esperaba la llegada de aquel viajero. Junto a él estaba su hija, en su silla de madera.

El primer pretendiente tenía una larga melena negra, ojos oscuros y una gran nariz aguileña. Su voz era ronca y sus dedos largos y gruesos.

– Majestad, vengo a pedir la mano de su hija tras escuchar la noticia que me vino de boca de uno de sus mensajeros  –  dijo dirigiéndose al rey, a lo que éste añadió   :

– Mi hija pidió una única condición para ser desposada. ¿Habéis cumplido acaso vos ese único requisito?

-En verdad le digo que muy bien hubiera podido traer conmigo todo el mar a su reino, si así me lo hubiera propuesto… pero ya que conocía la existencia del hermoso lago que se extiende junto a su castillo, pensé que seguramente se trataría de un equívoco y, no obstante, traigo conmigo el sonido del mar para que la princesa pueda recrearse cuanto quiera  –  diciendo esto mostró una preciosa caracola que acercó al oído de la joven .

– ¡Yo no deseo solamente su sonido!  –  le increpó la princesa  – . ¡Es el mar lo que quiero! Y ahora me mentís haciéndome creer que habríais sido capaz de traerlo junto a mí… ¡No sois vos con quien he de casarme!

 El rey ordenó entonces que el caballero fuera expulsado del castillo, para emprender regreso regreso a la tierra de donde provenía.

        Poco tiempo después, desde el Oeste llegó un nuevo caballero que fue recibido así mismo por el Rey del Lago y su hija la Princesa de ojos azules. En esta ocasión, el nuevo pretendiente tenía un aspecto algo descuidado, y su boca se enredaba al hablar mostrando su oscura dentadura. Sostenía en sus manos algo parecido a un cofrecillo.

– Por supuesto que habría podido traer a la princesa  el mar que tanto desea, pero…  – indicó el caballero del Oeste  –  pensé que seguramente bastase simplemente con su aroma y para ello traigo este cofre repleto de algas, que sin duda le recordarán la mismísima fragancia del océano.

  – ¡Mentís! –  exclamó el rey –  Tampoco vos habríais sido capaz de traer el mar a mi reino. ¡No ganaréis con la mentira la mano de mi hija!

 Y diciendo esto, el segundo pretendiente fue también expulsado del castillo y obligado, al igual que el primero, a abandonar el Reino del Lago.

Apenas unos días después, llegó desde el reino que se extendía al Este, un rubio caballero de mirada fría y amenazadora.

  –  Deseo que la boda se celebre a más no tardar, ya que vengo de muy lejos para satisfacer por fin el deseo de la princesa  – dijo con agria voz al encontrarse con el rey y su hija.

  – ¿Ha cumplido mi deseo? ¿Acaso trae consigo el mar que tanto ansío conocer?  –  preguntó ésta inquieta.

  – Hmm… Sinceramente, creo que habría estado mal por mi parte despojar del mar a los Reinos de la Costa, que viven y se desarrollan junto a él, aunque sin duda habría podido hacerlo, ya que de todos es conocido que soy caballero bravo y tenaz. Por ello pensé que sería mejor traerle una pequeña muestra, para que pueda así tocar su agua y conocer incluso cuál es su sabor…  –  El caballero mostró entonces un pequeño frasco de cristal con agua que traía consigo.

 – ¡Mentís también!  – gritó al verlo la princesa  – . Pretendéis engañarme con esta muestra, cuando vos tampoco habríais sido capaz de traer el mar a nuestro reino. No me casaré con alguien que utiliza la mentira para conseguir mi mano.

Tras esto, el rubio caballero siguió el mismo camino que sus antecesores, alejándose del reino.

Título:"Her Name Is Rio", Flickr, licencia CC

El tiempo pasó y ningún otro caballero parecía volver a acercarse al castillo. Junto a la silla de la princesa reposaban los regalos de los tres únicos pretendientes.

 – Padre, quizás el mar no llegue jamás a nuestro reino  – dijo con tono apesadumbrado .   Puedo poner en él mis cinco sentidos. Cierto es que puedo escuchar su sonido  –  indicó mirando a la caracola que trajo consigo el primer viajero  – . También puedo olerlo  –  dijo mirando el cofre repleto de algas y estrellas de mar  – . E incluso puedo ver y tocar su agua, o sentir el sabor de su sal en mis labios  –  dijo finalmente mirando el frasco de cristal del último pretendiente – . Pero aún no sé cómo es en verdad el mar que aparece más allá de las montañas …

Fue precisamente en aquel momento, cuando se anunció la llegada al castillo de un caballero venido del sur. Cuentan que era joven y moreno, de amable sonrisa y mucho más sencillo que sus predecesores.

  – Majestad, vengo a pedir la mano de su hija tras escuchar la noticia que uno de sus reales mensajeros trajo a mi reino  –  dijo dirigiéndose al rey .

  – ¿Acaso no olvidáis algo? ¿No tenéis nada que ofrecer?  – preguntó el Rey del Lago .

  – Lo siento mi Señor. No traigo nada conmigo excepto el deseo de hacer feliz a su hija. Ni yo ni ningún mortal, podría jamás lograr que el mar abandonase el lugar en el que ahora se encuentra. Pero he de decir que puedo ahora mirar a los ojos de la princesa, y asegurar con certeza que son tan azules como el océano  y no menos bellos que el mar que aún le es desconocido. Quizás ella sólo deba  contemplar sus ojos en un espejo para comprender por fin cómo es el mar; pero no es condición humana, mi Señor, lograr que sus aguas vengan a vuestro Reino.

 Los ojos de la princesa entonces se llenaron de lágrimas, y fue el Rey del Lago quien habló:

–  Te casarás con este hombre, hija mía, ya que de todos es el único que se ha apartado del engaño, y ha sabido utilizar la sinceridad como arma cien veces más poderosa que la mentira. Que preparen las carrozas pues partiréis lo antes posible, y cruzaréis las montañas que rodean mi Reino hasta llegar al mar. Que tus ojos puedan por fin contemplar su azul, sentir su olor y escuchar las olas rompiendo contra las rocas.

Cuentan que poco después, varias carrozas partieron del castillo y lograron atravesar las montañas hasta llegar a la costa. Y cuentan por último, que el mal que aquejaba a la princesa era en verdad un hechizo de algún mago enemigo, y que al sumergirse en el agua, la magia se disolvió y la hija del Rey del Lago volvió a caminar de nuevo, y regresó  a su reino a caballo, para contar a su padre la belleza del mar que estaba, había estado siempre, tras las montañas.

FIN

J.S.

Cariño en tiempos revueltos

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La gran mentira de este siglo es hacer creer al ciudadano de a pie, que sus excesos son los culpables de la severa crisis y el maremoto de cifras económicas que se nos cuelan hasta en la sopa; esa que a muchos les cuesta cada día un poco más poner sobre su mesa.

Mientras aumenta la crispación como consecuencia de la falta de entendimiento entre el puñado de seres humanos que maneja nuestro destino, decrece la falta de pudor para realizar ciertos actos que nunca creeríamos ser capaces de acometer.

Sin duda, hay numerosos ejemplos trágicos para ilustrar la idea de este último párrafo. Pero permitidme reproducir dos conversaciones que aunque banales, me llevan a plantearme si las frases que voy a reproducir podrían haberse dado no muchos meses atrás.

Es una tarde calurosa. Suena el teléfono fijo de mi casa cuyo número sólo yo conozco, por lo que es improbable que nadie quiera contactar conmigo por esta vía, a no ser que la policía haya logrado localizarme para comunicarme una grave desgracia, discutible razón por la que la mayoría de las veces acabo descolgando el auricular.

Se oye una voz de chica joven al otro lado de la línea. La conversación es más o menos como sigue:

-Buenos días, le llamo de la universidad de Barcelona. ¿Le importaría contestar a unas preguntas para una encuesta? Sólo serán unos minutos.

-Hmmm sí,  no hay problema – Me sorprendo a mi mismo accediendo. Creo que lo hago porque su voz me resulta atractiva.

-¿Cuántos años tiene?

Le digo mi edad.

-Vale. ¿Le importaría decir que tiene usted menos de treinta años?

-¿Cómo dice? –pregunto extrañado.

-Sí. (rogando) Es que necesito que mienta porque si no tiene usted menos de treinta no puedo hacerle la encuesta …

No quiero mentir y la encuesta termina de forma inesperada, aunque no tanto como la conversación que mantengo esa misma tarde con otra chica de una compañía telefónica. Su voz es también atractiva, por lo que vuelve a engancharme. Tras un comienzo como tantos otros, la conversación sigue más o menos así:

-… Muy bien, estoy viendo que en la localidad donde usted reside podemos ofrecerle una oferta para su ADSL que rebajará considerablemente el importe de su factura actual…

-Lo comprendo –contesto- pero ya le digo que tengo por costumbre no atenerme a ninguna oferta realizada por teléfono…

Ella insiste.

-Mire- la interrumpo- yo también he trabajado de “teleoperador”, conozco cómo funcionan estas campañas y de verdad, no me interesa.

-… De acuerdo, pues en ese caso muchas gracias por atenderme y…

Y entonces llega el momento de inflexión. El giro de la trama. El detonante final.

-… ¿Y qué tal por allí, donde usted vive? ¿Bien , no?

-… Pues sí… muy bien… –contesto atónito.

– Es que no me extraña… con esas playas… qué envidia… yo aquí en Madrid pasando un calor que no veas…

-Sí. Conozco ese calor. Yo también vivía en Madrid y me vine aquí precisamente.

La chica sigue hablando. Parece haber  decidido en ese preciso momento dar por terminada su jornada laboral.

-Yo suelo ir a Andalucía también. Vamos, que conozco Cádiz pero sobre todo voy a  Matalascañas,  ¿Lo conoces?

-…pues no…

Yo continúo sin dar crédito pero ella es simpática. Me cae bien. Quizás sólo sea la chica equivocada en el trabajo equivocado.

-Es que la madre de mi novio tiene una casa allí. A mi no es que me haga mucha gracia. Vamos que las playas de Cádiz me gustan más, pero como esta casa nos sale gratis hay que aprovechar… y ¿llevas mucho tiempo viviendo allí?

-… unos años…

-¿Y cuántas veces te has arrepentido de dejar Madrid?

-De momento ninguna…

-Pues me alegro. Y seguro que es la mejor decisión que has tomado en tu vida, de verdad.

Su voz suena sincera. Suena cercana. Suena a envidia pero de la sana. Suena a  por lo menos uno de los dos ha acertado.

Ya casi somos amigos. Ella termina:

-Entonces nada más. Muchas gracias por atenderme y que tengas un buen día.

El chiste final es evidente por mi parte:

-De nada, y si vienes por aquí… ya tienes mi número.

Ella se ríe.

Pienso en el poco tiempo que tardará la chica en decirle a su encargada que ese trabajo no es para ella. Que lo ha intentado todo. Que necesita el dinero. Que la cosa no está como para tirar cohetes, pero que lo deja. Que no puede más. Que el mundo está loco. Que  echa en falta algo de cariño en tiempos revueltos y que puede que vuelva cuando se desenmascare la gran mentira, o cuando los seres humanos que manejan nuestro destino hayan dejado sus sillas libres ante el nacimiento de una renovada y más justa conciencia global.

J.S.

La voluntad del pescador -relato-

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Remo con increíble destreza. Desembarco en el porche de la casa flotante de un salto y amarro la barca a la barandilla. Cruje la madera bajo mis pies en el momento en que golpeo la puerta con los nudillos. Apenas unos segundos después, un hombre aparece tras la mosquitera.

-Ah, eres tú -dice el hombre al otro lado-. ¿Vienes a verlo?

Yo asiento con la cabeza. El hombre empuja la malla antimosquitos y sale a mi encuentro. Lleva una camiseta blanca de tirantes y un pantalón remangado que deja al descubierto sus espinillas. Se escucha algún insecto rondando su cabeza, como en una película de Sergio Leone.

– Ya sabes que yo no tengo nada que ver con esto. Fue su voluntad- recalca con tono cansado.

– Lo sé.

– Iremos en mi barca.

El hombre rema sin esfuerzo hasta un punto lejano, donde emerge del agua un mástil de madera que lleva adosada una oxidada manivela. Un galápago que se aferra al palo se sumerge a nuestra llegada.

-Ten cuidado, esto se va a mover mucho ahora…

Se sienta en un borde de la barca y comienza a girar la manivela. Un cable de acero asciende lentamente hasta que al otro extremo aparece un cuerpo sujeto por un arnés. Sus ojos y parte de su rostro han sido devorados por los peces, que parecen apreciar la carne arrugada y blanquecina.

-Míralo, aún parece sonreír.

-Está bien. Puedes bajarlo -digo intentando mirar hacia otro lado.

-Era su última voluntad, ya lo sabes; devolver a los peces todo lo que ellos le habían dado…

-Puedes bajarlo- repito con más fuerza.

El hombre me mira molesto y comienza a girar de nuevo la manivela que chirría. El cadáver vuelve a sumergirse poco a poco. Algunas burbujas explotan en la superficie.

-Tuve que llenar sus bolsillos de piedras- indica cuando el cable termina de desenrollarse.

Regresamos en silencio. El hombre rema y yo me acomodo en la popa. Mientras nos alejamos giro la cabeza y diviso el perfil del mástil sobre el agua, en el instante en que una especie de gaviota llega volando para posarse en él.

De nuevo en el porche de la casa observo atónito que mi barca ha desaparecido. No se encuentra amarrada a la barandilla, tal y como la dejé.  El hombre ha desembarcado con rapidez e inclina su mirada sobre mí. Su rostro cambia de pronto al ofrecerme una incómoda sonrisa y una pregunta:

-¿Te quedarás a cenar? Prepararé un buen pescado. Últimamente todas las carpas están enormes …

Volví a buscar mi barca con la mirada, pero no quedaba rastro de ella.

J.S.

La noche perfecta -relato-

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La temperatura aquella noche era agradable. Las velas encima de las mesas invitaban a acercarse y compartir un buen vino y mejores viandas. Los comensales paladeaban conversaciones casi en voz baja. Se escuchaba la sinfonía de octubre del chocar de las copas y el golpear de los cubiertos contra los platos. Era el relajante sonido de cada noche en aquella calle, donde los dos  grandes restaurantes se disputaban la clientela en una especie de guerra fría entre las dos aceras: la de los manteles rojos y la de los manteles a cuadros, como si fueran las banderas de los dos buques insignia de la gastronomía de la zona, separados por el pequeño mar del suelo empedrado.

Se iba engrosando la lista de espera. Los viandantes quedaban hechizados por el embrujo de las dos aceras, el buen hacer de los camareros y el olor de los platos cocinados. La vitrina de los pescados, expuesta a los navegantes era el cofre del tesoro de la isla y relucía ante sus ojos como un sol de otoño en la línea del horizonte.

Todos deseaban soltar sus billetes aquella noche. El dinero de los paseantes quemaba en sus bolsillos. Los viajeros querían naufragar en aquellas mesas. Aquella era la noche; aquella o nunca.

Entonces llegó él, con su camisa blanca resaltando el mejor bronceado del lugar. Estaba hecho un pincel, pañuelo al cuello y sombrero atemporal. La presencia era él. La elegancia eran él y su guitarra. Él en medio de las dos aceras, erguido como un torero frente a la puerta de toriles, sonriendo a los clientes que ya notaban en sus estómagos el calor del vino y el hechizo del pescado.

Colocó la funda de su guitarra abierta frente a él. Aflojó los hombros y carraspeó con suavidad. Su mano izquierda acarició el mástil y la derecha empezó a pellizcar las cuerdas. La noche era casi perfecta, pero entonces llegó él.

Fue entonces cuando las miradas comenzaron a cruzarse. Complicidad que vino de algún lado. Se escapaban las sonrisas y crecía el murmullo de aquel exigente auditorio de mesas y manteles. Algo no funcionaba. Las notas chirriaban. La música era molesta como un momento de vergüenza. Un hombre resopló. Una mujer ocultó su rostro con una servilleta. Alguien dejó escapar una carcajada acusadora. Otro tapó su copa con la mano. Las notas disonantes estropeaban los mejores caldos. Los pescados de la vitrina prolongaban su agonía.Todo era pantomima. La música era una farsa. El músico del sombrero era un farsante. Jamás habían acertado sus dedos las notas en las cuerdas de una guitarra.

Por fin, un camarero se erigió en el dueño de la calle empedrada para acercarse al guitarrista, dispuesto a invitarle a tocar lejos de aquellas aceras. Pero entonces el público de la mesa del bogavante empezó a aplaudir y los de la mesa de la lubina al horno airearon sus pañuelos. Se esfumó la cortesía. Afloraron de nuevo los sentimientos mundanos camuflados entre el estilismo de las mesas y manteles. Se escucharon abucheos, pero no para el artista. El camarero se giró sorprendido y se encogió de hombros al verse increpado por un público ávido de emociones.

Ninguna noche es perfecta si no puede ser recordada.

J.S.

Elysium: Pet Shop Boys se relajan

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El pretencioso título de Elysium escogido por Pet Shop Boys para su nuevo disco, hace referencia a aquel mitológico lugar de la Antigua Grecia donde eran admitidos tras su muerte los héroes y los elegidos por los Dioses para su descanso.

No cabe duda de que para Neil Tennant  (1954) y Chris Lowe (1959) ha sido una verdadera heroicidad sobrevivir a la música electrónica tras casi treinta años de carrera y más de una decena de discos, sin incluir recopilatorios, discos de remezclas, caras B, el musical Closer to Heaven , la nueva banda sonora de El acorazado Potemkin y hasta la música para el ballet basado en un cuento de Hans Christian Andersen, The most incredible thing. Quizás por ello, desde el Eliseo, su nueva entrega de canciones se muestra reposada, reflexiva y alejada de todo exceso.

Elysium es un disco sin singles definidos, de sonido suave y elegante, a veces oscuro y en ocasiones deliberadamente simple, que coquetea con los medios tiempos y sólo ofrece un par de concesiones a la música de baile. El resultado es sin duda el esperado por el dúo (que para tal fin cruzó el charco para trabajar por primera vez en EE.UU. junto con el premiado productor Andrew Dawson), pero quizás no el esperado por su público que encuentra en esta colección de canciones un hueso duro de roer. Su primer single Winner cosechó división de  opiniones, desde los que afirmaban que sería un magnífico himno para los Juegos Olímpicos de Londres, hasta los que lo tachaban de flojo y previsible. Incluso una de sus caras B, A certain Je ne sais quoi, mucho más divertida y más  Pet Shop Boys, parecía superar al propio single, lo cual no ayudaba demasiado.

Y en medio de toda esta confusión, llegan las inevitables comparaciones con el otro disco “lento” del dúo: Release (2002), ese intento de Pet Shop Boys por hacer aflorar su lado más acústico y rockero, que no obtuvo el éxito deseado. Sin embargo en esta ocasión, Elysium supera a aquel trabajo gracias en gran medida a  un acabado final mucho más homogéneo y a un Neil Tennant más inspirado y acertado con las letras y los temas de sus canciones (a excepción de Winner, quizás el único punto negro en la colección de letras del disco).

Pero que no cunda el pánico. Una vez digerido, Elysium logra convertirse en uno de esos discos que apetece escuchar por completo, sin reparar en ninguna canción en concreto; perfecto para viajar a lomos del desamor, el deseo, los recuerdos, los conflictos personales, la esperanza, una buena dosis de nostalgia (marca de la casa), pero sobre todo la aceptación. Esa aceptación que parecen haber encontrado en la reflexión del ritmo pausado, lejos de las pistas de baile.

Se agradece por tanto el paso arriesgado que de forma consciente ha tomado el dúo, aunque sin duda nos encontramos ante su disco más dificil y menos bailable (no sé si a estas alturas, este punto puede ser considerado como algo negativo), resultado de la madurez y de la experiencia adquirida con los años, ya que aunque cueste creerlo , las canciones de Tennant/Lowe  han compartido listas de éxitos con Rick Astley, Modern Talking y hasta Bananarama. Quizás por ello sea mucho pedir que  Pet Shop Boys nos vuelvan a obsequiar discos tan buenos como lo fueron el Actually (1987),   Behaviour (1990), Very (1993) o Introspective (1988).

Pero la respuesta a todas nuestras preguntas acerca de si Pet Shop Boys son buenos o malos, mejores o peores que antes, ya nos la dieron ellos mismos cuando afirmaban que siempre han sido un grupo de singles y no de álbumes (Chris) y que inevitablemente la gente siempre acaba esperando más de ellos  (Neil).

Al final, el tiempo colocará a Elysium entre sus buenos trabajos. De momento, Leaving será su próximo single.

Elysium verá la luz el próximo 10 de Septiembre.

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Pet shop boys, en otro formato.

Pet shop Boys: Pandemonium live.

Esperando el detonante

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Ocurrió en el paseo marítimo de una ciudad de la Costa del Sol, pero pudo haber ocurrido en cualquier otro lugar de nuestra geografía. Una tarde de mangas cortas y paseítos de helado en mano, soy testigo de una de las tristes historias que se viven a diario en nuestro país, fruto del deterioro económico y por ende social en el que navegamos hace tiempo.

Llama mi atención un hombre que vende películas de vídeo en la calle. Viste bien y está aseado. Podría ser uno de los muchos paseantes de domingo, pero él coloca sus películas sobre un banco con delicadeza. Lleva varios bloques de DVD´s  atados con finas cuerdas, como si fueran balas de paja.

Me percato de que los títulos de las cintas no son los habituales que suelen encontrarse en los mercadillos o en ventas clandestinas de sábana y asfalto. Se trata de películas más difíciles de encontrar y buenas películas, a mi juicio. Apenas he comenzado a mirar y ya hay un par de ellas que me gustaría comprar.

-Son todas a dos euros -me indica el hombre con fina voz-, y si te gusta leer aquí tengo libros también.

A un lado del banco observo varios fardos de libros también en perfecto estado y con aceptables títulos. Le sonrío y sigo mirando. Ya son varias las películas que me gustaría comprar. Se apodera de mí ese egoísmo que aparece cuando de pronto descubrimos una ganga y deseamos adquirirla a toda costa. Como cuando sueñas que encuentras billetes por el suelo y no das abasto para recogerlos.

La curiosidad puede conmigo y acabo preguntando:

-¿Tenía usted un videoclub, o algo así?

-No… que va. Pero tengo que pagar el alquiler y esto es todo lo que me queda; el cine y la literatura que he coleccionado toda mi vida. Antes de verme desahuciado me veo obligado a ir vendiendo todo.

Observo en su rostro que le cuesta reconocer lo que acaba de decir.

-Tiene que estar siendo duro…

-No lo puedes imaginar. Pero necesito el dinero, antes de verme durmiendo en la calle con cincuenta años.

Hablamos durante un rato, incluso acerca de directores y diferentes películas. Tengo ya un par de DVD´s en la mano y no sé muy bien qué hacer. Quiero comprarlos pero la conversación ha sido tan sincera que me siento como si un amigo me estuviera pidiendo dinero prestado , y yo fuera a corresponderle con cuatro monedas de un euro.

-Me voy a llevar estas dos películas -digo con suavidad-.

-Muchas gracias -contesta el hombre aceptando los cuatro euros que le entrego-, pero no me digas cuáles son. Prefiero no saberlo porque…

Hay un instante de silencio. Lo está pasando mal. Yo comparto unas palabras de ánimo. Él parece haber encontrado en mí a un aliado:

-Si pasas mañana sobre esta misma hora traeré otras películas distintas. Las voy sacando de las estanterías y las cambio todos los días. Y lo mismo hago con los libros…

Me despido deseándole suerte y él incluso me da la mano con rostro serio.

Hoy leo en el periódico acerca del asalto de hace unos días a un supermercado, en un acto de lo que ahora llaman “expropiación alimentaria”. En otro foro de internet, alguien cuenta cómo ha comprado dos barras de pan y una lata de sardinas a alguien de buen aspecto que sólo pedía algo de comer.

Y mientras tanto, hace tiempo que me he pasado al bando de los que piensan que un sistema tan enfermo como en el que vivimos, no se cura con tiritas de liquidez ni con vendas de billetes sacados de los bolsillos de los ciudadanos, convertidos por arte de magia en causantes del accidente, médicos y pacientes al mismo tiempo.

Y mientras tanto, historias como las contadas se suceden a diario.

Y mientras tanto, uno se pregunta cuánto puede estirarse la paciencia de las personas que antes no tenían trabajo, pero ahora no tienen qué comer.

Y mientras tanto, el país se convierte en una bomba de relojería y vivo esperando el detonante que haga saltar todo por los aires, deseando que cuando vuelvan a caer todos los trocitos al suelo, como angelicales piezas de Tetris en suave descenso, lo hagan dando forma a un nuevo y renovado sistema, de momento difícil de imaginar.

Los detonantes más deseados por mí pero menos probables, como una Segunda Venida de Jesucristo o una visita de seres de otro planeta que nos pongan a cada uno en su sitio, no son tan inquietantes como los más probables; una rebelión a bordo o un cambio  a la fuerza de los que gobiernan nuestro barco sin tener en cuenta que son los brazos de los marineros  los que hacen que navegue.

J.S.

Gente que sonríe

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Se torna día tras día más complicado cruzarse alguna vez con una de esas personas que sonríen casi por inercia al mirarte , y lo hacen de forma directa,  estableciendo con quien recibe esa sonrisa un diálogo invisible que se agradece de forma infinita, ya que se nos regala sin pedirlo un grato instante de bienestar, capaz de arreglar por sí mismo una mala tarde, un mal momento o un pensamiento negativo, que desaparece con el bálsamo de esa sonrisa furtiva y gratuita que nos roza liberada por su dueño, que es aquel que sin saberlo ejerce de ser humano en toda su esencia, pues no conozco animal que sonría de la forma directa e implacable que lo hace la gente que sonríe, alejándose a diario del bando oscuro; ese grupo cada vez más numeroso de personas que han mutado para borrar de su rostro el más humano de los gestos.

J.S.

El asalto a la tienda de licores -relato-

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Aquí me encuentro. En mi pequeña tienda de licores de un pueblo casi inhabitado. Es pleno invierno y las calles empedradas están vacías. Se ha echado la niebla y la noche es cruda. Hay un programa de deportes en la radio; es todo lo que se escucha.

De pronto, a mi lado y de forma inesperada ha aparecido una extraña pareja. Él es delgado y decora su rostro con unas finas gafas y una afilada perilla. Tiene cara de roedor. Ella lleva una pamela y es extremadamente pálida. Me asustan. No les he oído llegar.

– ¿Vodka? -pronuncia el hombre.

-Por supuesto. ¿De qué marca? -pregunto de forma amable.

– Del rojo.

– … ¿del rojo?

– Eso he dicho.

En ese momento recuerdo que guardo una botella de ese color por algún rincón del piso de arriba.

– Miraré en el almacén. Tengo que subir un minuto- les indico.

Encuentro la botella y regreso con ella pero la pareja ya no está. Los encuentro alejándose de la tienda al salir a la calle.

– ¿No querían el vodka rojo? -les espeto.

La mujer mira pero no dice nada. El hombre me acerca un billete y me indica que me quede con el cambio. Coge la botella con suavidad y después ambos se giran al unísono alejándose de nuevo.

Vuelvo a mi tienda y al abrir la caja registradora observo que no queda ni una moneda. La extraña pareja la ha vaciado.

De nuevo en el exterior no hay rastro de los curiosos Bonnie and Clyde. Recorro las calles del pueblo parándome en cada esquina, buscando alguna pista de los ladrones. Me cuesta avanzar y sale vaho de mi boca. Hace mucho frío y no hay ni un alma. Las luces de todas las casas están apagadas. La pareja se ha esfumado.

Junto a mí aparece entonces una niña en bicicleta. Tendrá apenas diez años. Tampoco la oigo llegar. A pesar del frío y lo avanzado de la noche parece tranquila, pero al hablar su voz suena peculiar; como sacada de una película. Alguna actriz parece estar doblando sus palabras simulando ser una niña.

-¿Lo han vuelto a hacer verdad?- me pregunta-. El Sr. Topo y la Sra. Polilla han vuelto a robar.

-¿Cómo lo sabes? -resuena mi voz en las paredes de piedra.

-Esos malditos ladrones… a mi madre también la robaron, pero ella lo investigó todo y ahora están en busca y captura -hay un instante de silencio y luego continúa-. Aún puedes atraparlos. Un camión ha volcado en el puente, a la salida del pueblo . La carretera está cortada y la policía está allí. Nadie puede escapar. Si te das prisa podrás machacarlos.

Mis ojos se clavan entonces en la bicicleta de la niña. Es de color rosa, pero será el medio de transporte más rápido hasta el puente.

J.S.

Polillas -relato-

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El Doctor McIvor relee en voz baja los informes que han dejado sobre su mesa e ignora de forma sobresaliente los reiterados suspiros de impaciencia que emite Brandon. El viejo sabe que la cosa no pinta bien. Lo sabe por una pequeña mueca que aparece de vez en cuando en el labio del doctor que se sienta frente a él, tras la mesa de la consulta.

– … ¿Y bien? –Brandon se impacienta.

Pero el hombre de la bata blanca parece no oír nada. Quizás no quiera escuchar. Quizás deba pedir cita en la consulta de algún amigo otorrino.

-Brandon… Hook , ¿no es así? – dice mientras teclea algo con el dedo índice en su ordenador.

-¿Qué tengo?

El doctor McIvor aparta por fin la vista de la pantalla y de los informes, se gira hacia el anciano y lo apunta con sus manos en forma de corazón, juntando las yemas de los dedos.

-Verá Brandon… Esa mujer de la que me habla…Mildred. ¿Está usted enamorado de ella?

Brandon Hook no comprende a qué viene esa pregunta pero está nervioso y no le importa contestar:

-Al principio éramos sólo amigos, pero desde que decidimos vivir juntos siento algo muy especial por ella. No sé cómo explicarlo. Lo que ocurre es que precisamente desde entonces he comenzado a sentir también esa molestia aquí, en el estómago  –el viejo baja la voz y susurra sin querer ser escuchado-. Yo creo que me está envenenando.

-…Ya –El doctor McIvor deja dibujarse en su cara una mueca burlona-. Y aparte de Mildred, ¿cuándo fue la última vez que se enamoró?

Brandon se extraña de nuevo por la pregunta y afirma que no lo recuerda, pero miente. Aunque bien podría haberlo olvidado, ya que la última vez que sintió algo por una mujer él era tan sólo un niño y ella era aquella profesora de música que olía siempre a vainilla. A él le encantaba su voz al cantar en clase y cómo sonreía al pasar a los estribillos.

-Ese es el problema. Demasiado tiempo, Hook. Demasiado tiempo.

El doctor se levanta para alcanzar un sobre de gran tamaño. De él extrae una radiografía que muestra con sorna a Brandon.

-Es su estómago.  Lo que nos temíamos.

Brandon observa perplejo la radiografía, una especie de enorme negativo de su aparato digestivo en el que destacan unas pequeñas manchas bastante nítidas en  la zona estómago. Tienen forma de mariposa.

-… ¿Qué es eso? ¿Mariposas? Parecen mariposas. ¿Mariposas en el estómago? –repite Brandon incrédulo.

-Ja, ja, ja, mariposas… ¿Pero cuántos años se cree que tiene, Sr Hook?

-Voy a cumplir setenta y ocho el mes próximo…

El Doctor McIvor acerca su cabeza al anciano.

-Polillas, amigo. Son polillas.

-¿Polillas en el estómago?

-Demasiado tiempo, Sr. Hook. Le están devorando.

J.S.

Esperando -relato-

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Creo que en aquel momento me convertí en un ser inerte. Después de tanto tiempo, dejaron mis latidos de escucharse y pasé a ser un objeto inanimado, como aquellos a los que tanto admiraba:

La barrica de elegante vino de solera, fermentando en silencio a ras de suelo. El sobre extraviado en el buzón equivocado del edificio en ruinas, esperando el momento del colapso. La agenda del difunto, suspendida en su labor de números a recordar. Aquella estropeada radio antigua, condenada al adorno de por vida. La pesada llave de hierro de la casa de la abuela, sin cerradura ni enorme puerta de madera que liberar. El traje de novia del fondo del armario sabe que no volverá a lucir jamás. Las cabezas de muñeca se empeñan en seguir pestañeando.

Ahora soy uno de ellos y me consuela el momento en el que observo con agrado que no estoy solo; son muchos los que también se han convertido.

Dicen que por la noche se escuchan susurros en la sala de objetos perdidos del museo.