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Imagen: "Lightness", Flickr , licencia CCEl niño permanece en pie mirando hacia la ventana. Lleva puesto el pantalón corto y el jersey blanco, el de cuello de pico. Una luz fría envuelve toda la habitación y todo está en silencio, aunque llega ruido de vasos y algún cazo desde la cocina. Todo está ordenado y rodea la estancia un ligero olor a rancio. Hay muñecos en la estantería y un par de peluches sonrientes. Un montón de comics y libros infantiles perfectamente colocados adornan la mesa junto a un vaso con pinturas y un taco de cromos de futbolistas. La cama está hecha; no tiene ni una arruga. Dentro del armario cuelgan los pantalones y las camisetas de colores. Los cajones de la mesita de noche y un baúl de color rojo guardan el resto de juguetes. Las paredes acogen la exposición de dibujos del pequeño artista; un barco, varios soles, la montaña, la familia, dinosaurios, escudos de equipos de fútbol garabateados con rotuladores…

Se escucha el sonido de pasos por el pasillo mezclados con el tintineo de la cucharilla en la taza de té caliente. Pisadas de la madre que se aproximan mientras sus manos se templan con el calor de la loza. Se detiene. Sorbe ligeramente el té que estaba a punto de rebosar y continúa caminando. Gira al llegar a la habitación del niño pero vuelve a pararse. Escucha. Todo está en silencio. Entonces retrocede un par de pasos y mira dentro de la habitación. El niño sigue mirando por la ventana, pero entonces vuelve la cabeza bruscamente y la taza de té hirviendo se escurre de los dedos de la madre y estalla contra el suelo.

La mujer retrocede a trompicones por el pasillo hasta la cocina. Entra y cierra la puerta que raspa contra el suelo. Rebusca en su bolso que cuelga del respaldo de una silla y encuentra su móvil. Marca el número de su marido que llegará unos minutos después. La llamará por su nombre nada más abrir la puerta de la calle y entrar en casa. Después abrirá la puerta de la cocina y ella seguirá llorando intentando explicar lo ocurrido. Se calmará al cabo de un rato, después de que su marido regrese sin novedad de la habitación del hijo fallecido meses atrás, y recoja los restos de té y los trozos de la taza hecha añicos esparcidos por el suelo del pasillo.

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