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En la primavera de hace ya una década me escapé a Ibiza con la nostálgica intención de recorrer cada rincón de la isla, y recordar el año que pasé en sus playas. Tuve la suerte de vivir allí en 1997, un año antes de que Mike Oldfield pusiera en circulación la tercera parte de Tubular Bells, aquella nueva evolución de su clásico que tanto daría que hablar a los que vaticinaban la inevitable cuesta abajo creativa del británico, el chico que con veinte años revolucionó la forma de grabar y bla, bla, bla…

La primera vez que pisé tierras ibicencas tenía en la cabeza aquella portada de su disco Voyager, con el mágico monumento natural de la isla de Es Vedrá emergiendo imponente de las aguas. Poco después visitaría aquella playa para retratarme con la roca al fondo, como ya lo hizo Mike un año antes.

Voyager, Mike frente a Es vedrá

Y es que soy de esa rara especie de personas que aún escuchan a oscuras de principio a fin su primer Tubular Bells, y pretende tocar al aire las campanas con los compases del final. Soy de esos que disfrutan con el estribillo de Five Miles Out y que se emociona con ese algo enigmático de las canciones de Islands o de Earth Moving. Puede que Amarok sea uno de los discos que más he escuchado en mi vida, banda sonora de tantos intentos de creatividad literaria. Sí, yo soy de esos.

El caso es que hace diez años volví a Ibiza para recorrer de nuevo la isla, y recordar rincones casi olvidados, en una primavera algo más fría de lo habitual. Y ocurrió que una ventosa tarde en que la seductora cala de Benirrás estaba desierta, mientras paseaba absorto cerca de las olas, entregado a recuerdos de años pasados, dos siluetas se dibujaron a cientos de metros de donde yo estaba. Eran un hombre y una mujer. A pesar de la distancia distinguí cómo el viento agitaba sus cabellos, antes de descender a la playa, para comenzar a pasear por la orilla.  Mis pies se detuvieron entonces. “Es Mike”, pensé casi en voz alta. “Es Mike”. Y la pareja se fue acercando por el margen de la arena mientras mi cabeza decidía confundida cuál sería mi siguiente acción. Si realmente se trataba de Mike Oldfield podía tratar de saludarle. Quizás un tímido “Hello Mike” sería suficiente. ¿Qué tal un apretón de manos? ¿Qué tal un “are you Mr Oldfield”?  ¿Y si no era él? ¿Y si, poseído por la vanidad del endiosado artista, rechazaba por norma todo acercamiento de sus fans? ¿Y si simplemente no era el momento de dirigirme a él?

Mike Oldfield A pesar de que la última imagen que de él tenía en mi cabeza era aquella foto con pelo corto y rubio platino de la etapa del Tubullar Bells III, y de que su aspecto había cambiado bastante desde entonces, mi vista no me había engañado. Aún no comprendo cómo pude adivinar su figura a tantos cientos de metros de distancia. Pero cuando ya pude escuchar sus pasos por la arena y noté su presencia a mi lado, giré mi cabeza y sus ojos se clavaron en los míos. Eran azules; muy azules. Me sonrió e incluso hizo ademán de detener su paso, quizás porque yo también hice un gesto de acercamiento. Pero me quedé paralizado. No supe que hacer. Entonces él, que no había llegado a detenerse por completo, retomó su marcha habitual y continuó con su paseo de la mano de su acompañante. Sus huellas en la arena se mezclaron con las mías. Era Mike.

Diez años después ya no vive en Ibiza. Descubro que se ha separado de su mujer y que ahora vive en Las Bahamas, desde donde publica Man on the rocks,  un disco de canciones a lo blues-rock , esta vez apoyado por Luke Spiller como único vocalista, con registros cercanos en muchas ocasiones a los de un  joven Freddie Mercury. Y entre baños de sol, paseos por la playa y excursiones en yate entre las islas, Mike ha hecho un disco sencillo de digerir y alejado de toda complejidad experimental del pasado. Ahora llega el momento de posicionarse a un lado de la delgada linea que  separa la simplicidad de la banalidad. Para muchos, tras seis años de silencio, este disco es otro paso que se aleja cada vez más de la maestría de su primer Tubular Bells. Pero ocurre que cuando escucho a todo volumen el épico final de Man on the rocks, el tema que da título al disco , no puedo parar de pensar que aquel hombre con el que me crucé en la playa de Ibiza es el mismo que ahora comienza la canción diciendo:

“Has venido a mi mundo,
Te puedo enseñar a dónde llevan las pisadas en la arena (…)
Si te pido que me sigas , lo harás. ”
 
“So you came to my world,
I can show you where they lead to footprints in the sand (…)
If I ask you to follow, you will”
 

mike

 

 

 

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