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Era mediodía y hacía calor. La señora Mildred se acercó de forma sigilosa al mendigo de la puerta del supermercado; el que siempre estaba allí, el de las barbas grises y el gorro de lana. Como cada día, el hombre terminaba de escribir con un rotulador en un cartón arrugado. Apuntaba todo aquello que comía. Aquella acción servía de gancho para atraer a las limosnas. En aquella ocasión se leía:

7.15 AM café  –   8.24 AM pera

Mildred miró hacia ambos lados pero no había nadie. Aquella era una mañana tranquila.

―Buenos días – saludó con educación a aquellos ojos azules pero hundidos por la dureza de la vida en la calle.

―Hola señora― contestó el mendigo intuyendo que la mujer tenía algo importante que decir.

―Verá, he pensado… bueno, mire… yo tengo un terreno…quizás usted podría cuidarlo. Allí hay alojamiento y podría darle comida…

Con aquel acto bondadoso quedaba oficialmente inaugurada la Semana Mágica en Great Valley. Aquel veinticuatro de abril y sin saberlo, la señora Mildred había tenido el honor de cortar la cinta invisible que daba paso, como todas las primaveras a aquellos siete días de ilusiones.

―Tenía tanto miedo a que me rechazaras – dijo apenas unas horas después Alex, aquel chico moreno y algo desgarbado del conservatorio de música, mientras apretaba a Sarah contra su pecho.

―Te quiero Alex –susurraba ella con los ojos cerrados.

―Pero por otro lado estaba seguro de que ocurriría.

Sarah levantó la mirada y sonrió.

― Es la mejor Semana Mágica que podría tener…

Es probable que poco después se besaran y que dirigieran sus pasos hacia algún lugar común, cogidos de la mano, mientras a varias manzanas de allí sonaba el timbre del número veinticinco de West Street.  El pequeño Brett estaba dibujando en su cuarto cuando esto ocurrió.

―¡Brett, cielo, puedes abrir la puerta, estoy al teléfono! –gritaba su madre desde la cocina.

Brett bajó de un salto de su silla y en menos de cinco segundos abría la puerta de la calle.

―Hola Brett –sonreía un hombre que portaba un ramo de flores en la mano.

Brett abrió mucho los ojos. Sin decir nada salió corriendo hacia la cocina.

―¡Mamá! ¡Ha funcionado! ¡Ha funcionado! –gritaba por el pasillo.

Cuando la madre llegó al hall de la casa, el hombre ya había entrado varios pasos.

―Hola Brenda.

La madre miró a su hijo y lo mandó a jugar a su cuarto con las palabras que siempre empleaba:

―Brett, ve a jugar a tu cuarto.

―¡Pero mamá…! ¡ Ha funcionado! –refunfuñaba Brett.

―¿Ronny, qué estás haciendo aquí? –preguntaba Brenda perpleja.

―¿No me vas a dejar pasar? ¿Ni siquiera un día como hoy?

―Fue mi deseo para la Semana Mágica, mamá. Y se ha cumplido –insistía Brett.

―Brett, he dicho que vayas a tu cuarto. Tengo que hablar con tu padre― ordenaba su madre de nuevo.

―Vamos Brenda, podemos hablarlo –insinuaba Ronny mientras su hijo corría malhumorado hacia su habitación.

―No des ni un paso más dentro de esta casa o llamaré a la policía. No eres bienvenido –Brenda recalcó cada una de éstas tres últimas palabras.

Puede que Ronny insistiera un poco más antes de dejar las flores sobre el recibidor  y salir de la casa, en el momento en que una madre golpeaba su puño contra el pecho del doctor Henman, en uno de los pasillos del único hospital de la ciudad.

―¡No es cierto! ¡Dígame que no es verdad! –repetía casi sin aliento.

El Dr. Henman aguantaba el tipo y miraba serio al marido de la mujer que trataba de sujetarla por los brazos.

―Annie, cariño… –insistía el marido de Annie intentando separarla del doctor.

―Verá, tenemos una psicóloga que les atenderá con mucho gusto –informaba de forma correcta el Dr. Henman.

De pronto las piernas de Annie se doblaron y en menos de un segundo su cuerpo cayó al suelo. El doctor se agachó con rapidez y la agarró de la muñeca queriendo tomarle el pulso.

―Es un desmayo, no pasa nada. ¡Enfermera!

―Annie, cariño… ―volvía a sollozar su marido.

Y Annie emitía un leve suspiro mientras en el pasillo del hospital resonaban nerviosas las zapatillas de las enfermeras, y a pocas manzanas de aquellas habitaciones la señora Murray  se acercaba a la ventanilla de cristal de Great Markt, el centro comercial al otro lado de la calle.

―Buenas tardes , señora Murray, ¿Cómo está usted hoy? –saludaba un hombre de mediana edad desde dentro.

―Hola Jenkins, no me llames de usted. Todavía no soy tan mayor, que no te engañe mi pelo gris –bromeaba la mujer.

―Como quieras, Elisa –sonreía Jenkins― ¿quiere el número de todos los años?

―Efectivamente. Y que sea por muchos más. Este año voy a tener suerte, lo presiento…

―¡Marchando el número favorito de la señora Murray! –bromeaba Jenkins introduciendo un número de lotería por la ranura de la ventanilla―. Recuerde guardarme mi parte cuando le toque.

―Como todos los años, Jenkins. Como todos los años – contestaba Elisa mientras soltaba unas monedas.

―Feliz Semana Mágica, Señora Murray.

―Feliz Semana Mágica, Jenkins. Y llámame Elisa, te lo suplico.

La Señora Murray dijo esta última frase despidiéndose con el brazo en alto mientras se alejaba de espaldas. Puede que aquel año  la suerte decidiese por fin  llamar a su puerta.

J.S.

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