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Carlos aprieta el pulsador del walkie-talkie con tanta fuerza que su mano tiembla. En realidad es todo su cuerpo el que lo hace. Marcos no contesta. Carlos insiste pero no hay respuesta. Lo último que se ha escuchado es un sonido brusco, irreconocible; un pitido y después silencio. En el exterior todo parece normal. La naturaleza sigue su rumbo ajena a cualquier sainete. Pero dentro de la cueva se firma una  tragedia, de las buenas.

―¡Marcos! ― vuelve a gritar Carlos al borde de las lágrimas. ―¡Marcos! ¡Marcos!

No sale nada más de su garganta. Vuelve el silencio. Camina nervioso por la nieve, tirita de frío y se introduce unos pasos en la boca de la cueva, como si él también hubiese perdido la apuesta. No se escucha nada. No se atreve a gritar adentro. Aprieta el botón del transmisor esta vez con delicadeza.

―Dime si me escuchas ―Carlos pregunta y espera unos segundos ―Voy a entrar, Marcos…

La historia comienza varios meses atrás. En una sobremesa con vino riojano en botella añeja.

―Pero… vamos a ver. Todo lo que te han dicho en la escuela te lo has creído y ya está. Cuando eres pequeño no te cuestionas nada. Te dicen que el guepardo es el que más corre y se acabó. Y que los pingüinos incuban un huevo entre las patas con tormentas de nieve de tres pares de cojones y “palante” ―Marcos sentencia y se sirve otra copa.

―Pero todo eso se ha visto en la televisión, en reportajes… ―justifica Carlos acercando también su copa a la botella, que se resiste en vaciarse.

―¡Exacto! Pero joder Carlos, si estamos hablando de lo mismo.

―Pues ya está.

―Pues ya está. ¿Dónde viven?

―¿Quién?

―Los osos. Estamos hablando de los osos. Los osos pardos.

―Pues en el monte…

―Joder Carlos, ya lo sé. No van a vivir en… puticlubs. ¿Pero en qué parte de España?

―No sé. En Galicia ―Carlos bebe mientras piensa un instante ―. Y en el norte, en Cantabria o por ahí.

―Dime una sola persona que conozcas que haya visto a un oso pardo en libertad.

―Yo que sé. Mis amigos son informáticos.

―Vale. Y ahora, dime una sola imagen que hayas visto en la televisión, en cualquier reportaje, en internet, donde sea ―Marcos hace una pequeña pausa dramática, cambia su registro y luego continúa casi en voz baja― Enséñame una sola imagen de un oso hibernando.

―Marcos, yo no busco imágenes de osos en internet.

―Y aunque las buscases no las encontrarías. Porque todo es mentira.

Carlos mira al techo y suelta una carcajada.

―¿Qué es mentira? ¿La vida del Oso pardo? ¿No hibernan, o como se diga? ¿Viven en cabañas de madera con el Oso Yogui?

―No hay ni una sola prueba de ello. Enséñame una sola foto de un oso acurrucado en su cueva y me lo creeré.

―Marcos, en serio te lo digo. Te prometo que no sabía que eras tan gilipollas…

―Espera, espera, espera…. Ya está. Ya lo tengo. Olvida todo lo que he dicho. Me acabas de abrir los ojos.  Tú y yo nos vamos a ir a Galicia a comer mejillones y a hacer historia.

            Carlos vuelve a reír con fuerza.

―Tú lo que quieres es ir a La Coruña, y de paso mirar si los osos pasan el invierno en los puticlubs de la zona.

―Carlos, Carlos… Carlitos ―Marcos acerca sus manos a la cara de su amigo y sujeta su cabeza―. Vamos a hacer historia. Vamos a grabar en vídeo el primer oso pardo roncando a pierna suelta. ¿Todavía tienes la cámara?

―¡Quita, hombre! ―Carlos libera su rostro de las manos de su amigo ―que te están saliendo zarpas de sólo pensarlo.

Marcos termina de servir las dos últimas copas. La suya un poco más vacía; la de su amigo se lleva las últimas gotas del excelente caldo. Quedan en silencio. Carlos juzga los taninos que recorren su fino paladar. Marcos le vuelve a mirar de forma seria y pregunta:

―¿Qué vas a hacer este invierno?

J.S.

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