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El intruso

Habían inventado los refrescos talla XXL y los tanques de palomitas que llenarían los cuatro estómagos de un rumiante. Llegaban en coches grandes de esos que saldrían victoriosos en caso de gran colisión, de esos que llevaban ruedas de camión.

Llegaban en camiones gigantescos con grandes luces y bocina de transatlántico, para que todos supieran que habían llegado. Camiones que descargaban en imponentes naves que pertenecían a las grandes multinacionales, las que siempre pagaban a principio de mes, las que colonizaban el planeta y regían los destinos de los grandes países. Esos países dirigidos por grandes hombres, reconocidos en las mejores universidades, en las más grandes, las que más alumnos sobradamente preparados escupían al sistema. Esos estudiantes que algún día tendrían un gran yate para cerrar importantes contratos justo antes del comienzo de la mayor fiesta flotante del Mediterráneo, para luego volver a su casa de tres plantas, la de la gran fuente en el jardín, la del enorme gimnasio en el subsuelo y la piscina olímpica para dos. La de los cinco cuartos de baño y las enormes facturas pagadas con el cheque del gran banco, el mejor; al que confiaban sus ahorros la mayor parte de los inversores, los del saldo con el mayor número de dígitos, los que veían evolucionar al alza sus acciones en la banda de triángulos verdes, esa que se desplazaba a gran velocidad por la parte baja de su gran pantalla plana, cada vez más plana y más grande.

Y sus bolsillos se iban llenando de billetes, muchos, cuanto más mejor. Y puede que algún día alguno de estos peces gordos, el más gordo de todos, decidiera pagarse el viaje de vacaciones a una isla lejana, hasta donde sólo un pescador podía acercar a los turistas en su barca. Y el pez gordo le hablaría de cobrar dinero por sus servicios, ya que el pescador era el único que conocía aquel mar y sus corrientes. Y le hablaría de invertir lo ganado en más barcas hasta  crear un gran imperio de transporte interinsular, para al final de sus días poder venderlo todo y retirarse a algún paraíso a descansar, sin darse cuenta de que allí es precisamente donde se encontraba.

Todo lo grande, lo inmenso, lo ingente, lo superior… todo aquello iba triunfando mientras yo escuchaba al pequeño hombre de fina voz taladrar mi corazón, rasgando con sus menudos dedos aquella guitarra barata.

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