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Imagen: "welcome to my neighbourhood", Flickr, licencia CC

Pedaleaba a gran velocidad sobre una pequeña bicicleta de color rosa, justo antes de que aquel espeluznante maullido me despertara. Supongo que la onírica bicicleta se evaporaría en forma de nubecita por encima de mi cabeza. Jamás conseguiría atrapar a los ladrones de mi sueño.

Llevaba apenas un par de meses en aquel piso y la ventana de mi habitación daba a un patio interior con mejor acústica que el  teatro Colón de Buenos Aires. Los platos chocando contra los fregaderos podrían escucharse sin esfuerzo sobre los compases finales de la Cabalgata de las Valkirias y Richard Wagner quedaría complacido. Cada cocina con ventanas al patio era como un Mediamarkt donde  lavadoras, batidoras y exprimidores de naranjas estaban a prueba todo el día, por no hablar de la sección de televisores en los salones. Todo allí funcionaba. El mostrador de atención al cliente era lo único que no existía.

Los vecinos eran tenores y compartían lecho con sus mujeres, las sopranos. Ellas jugaban en la misma liga que Monserrat Caballé. Se codearían con ella si fuera necesario.

Ajeno a todo, mi compañero de piso dormía en la habitación de la otra esquina de la casa, mientras yo hacía lo posible por acostumbrarme a aquel concierto diario y a todos los afinados instrumentos. Pero algo me decía que había un sonido al que nunca lograría acostumbrarme: la voz aterradora de la gata de los vecinos del tercero. Aquel animal parecía estar en celo todo el año y era evidente que sus deseos jamás eran satisfechos.  Los sonidos que emitían aquellas felinas cuerdas vocales reclamando a algún macho de los alrededores harían estremecer a mismísimo Richard Kuklinski, el hombre de hielo.

Noche tras noche, día tras día, mi sueño era interrumpido por aquella gatita melosa llamando a Fritz , el gato caliente, o algún Trotamúsico Burlón que se pusiera las botas para hacerla estremecer por vez primera.

Sucedió entonces que una noche desperté hacia las tres de la mañana, justo en el momento en que el autobús de mi sueño caía en picado por un precipicio. Es curioso cómo una persona puede  dormir apoyado en el vibrante altavoz de una discoteca, pero a veces un leve sonido puede ponerte  en alerta cuando es desconocido. En aquella ocasión fueron unos susurros a deshora, provenientes del piso de la gata insatisfecha, que esta vez guardaba silencio.

-¿Está muerta?-preguntaba en voz baja una voz de mujer.

-Claro que lo está. Te dije que sería sencillo- ratificaba su marido.

-Fíjate. Está fría…

Tras esta inquietante conversación nocturna, logré dormir a pierna suelta ya que ningún sonido humano ni animal vino a molestarme  aquella noche. Desperté a la mañana siguiente con una sensación extraña que no  era otra que la de haber conseguido descansar por fin. Me levanté de la cama como el protagonista de un anuncio de cereales, listo para afrontar la jornada…

Terminado mi habitual día de trabajo regresé a casa a eso de las nueve. La casualidad quiso que compartiera el ascensor con uno de mis vecinos, un hombre mayor de aspecto serio y cara de no haber descansado la noche anterior. El mundo está lleno de personas así.

-¿A qué piso va?

-Al tercero –respondió con un hilo de voz y mirando al suelo. Bajo el brazo llevaba una caja de cartón.

Fue entonces cuando reconocí que aquella era la voz que había escuchado la pasada noche, y seguramente aquello que sostenía el hombre bajo el brazo era el improvisado ataúd para su difunto felino. No dije nada. Se despidió al llegar a su piso y salió cabizbajo del ascensor.

Dos escaleras más arriba, mi compañero de piso -con el que yo apenas coincidía- , se preparaba un enorme bocadillo de los suyos. Él  llevaba varios años viviendo allí. Nuestros  horarios tan sólo nos permitían gastar juntos  un par de horas al día, que  empleábamos  en cenar y criticar todo lo que veíamos en la televisión. Nos reíamos de cualquier cosa para olvidar nuestros trabajos. Era un buen chico.

-Por cierto, no te lo vas a creer… – dije al terminar de cenar, mientras me reclinaba en el sofá.

-¿Qué te ha pasado ahora? – me preguntó él, simulando estar cansado de mis historias.

-He subido en el ascensor con el vecino del tercero… -comencé a relatar.

-Ah, sí. Lo conozco. Es un buen tipo. Él y su mujer. Pero… me dan mucha lástima.

Yo guardé silencio. Él continuó:

– Sí. Es por lo de… su hija. La pobre niña. Tiene esa rara enfermedad… ya sabes a lo que me refiero. Yo antes dormía en tu habitación.

En la pantalla del televisor, una silueta alzaba un cuchillo tras la cortina de una ducha al compás de unos violines.

“Te dije que sería sencillo”,  había escuchado susurrar al vecino del tercero.

J.S.

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