Rota (La habitación del niño)

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Imagen: "Lightness", Flickr , licencia CCEl niño permanece en pie mirando hacia la ventana. Lleva puesto el pantalón corto y el jersey blanco, el de cuello de pico. Una luz fría envuelve toda la habitación y todo está en silencio, aunque llega ruido de vasos y algún cazo desde la cocina. Todo está ordenado y rodea la estancia un ligero olor a rancio. Hay muñecos en la estantería y un par de peluches sonrientes. Un montón de comics y libros infantiles perfectamente colocados adornan la mesa junto a un vaso con pinturas y un taco de cromos de futbolistas. La cama está hecha; no tiene ni una arruga. Dentro del armario cuelgan los pantalones y las camisetas de colores. Los cajones de la mesita de noche y un baúl de color rojo guardan el resto de juguetes. Las paredes acogen la exposición de dibujos del pequeño artista; un barco, varios soles, la montaña, la familia, dinosaurios, escudos de equipos de fútbol garabateados con rotuladores…

Se escucha el sonido de pasos por el pasillo mezclados con el tintineo de la cucharilla en la taza de té caliente. Pisadas de la madre que se aproximan mientras sus manos se templan con el calor de la loza. Se detiene. Sorbe ligeramente el té que estaba a punto de rebosar y continúa caminando. Gira al llegar a la habitación del niño pero vuelve a pararse. Escucha. Todo está en silencio. Entonces retrocede un par de pasos y mira dentro de la habitación. El niño sigue mirando por la ventana, pero entonces vuelve la cabeza bruscamente y la taza de té hirviendo se escurre de los dedos de la madre y estalla contra el suelo.

La mujer retrocede a trompicones por el pasillo hasta la cocina. Entra y cierra la puerta que raspa contra el suelo. Rebusca en su bolso que cuelga del respaldo de una silla y encuentra su móvil. Marca el número de su marido que llegará unos minutos después. La llamará por su nombre nada más abrir la puerta de la calle y entrar en casa. Después abrirá la puerta de la cocina y ella seguirá llorando intentando explicar lo ocurrido. Se calmará al cabo de un rato, después de que su marido regrese sin novedad de la habitación del hijo fallecido meses atrás, y recoja los restos de té y los trozos de la taza hecha añicos esparcidos por el suelo del pasillo.

La tarde que Mike Oldfield me miró a los ojos

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En la primavera de hace ya una década me escapé a Ibiza con la nostálgica intención de recorrer cada rincón de la isla, y recordar el año que pasé en sus playas. Tuve la suerte de vivir allí en 1997, un año antes de que Mike Oldfield pusiera en circulación la tercera parte de Tubular Bells, aquella nueva evolución de su clásico que tanto daría que hablar a los que vaticinaban la inevitable cuesta abajo creativa del británico, el chico que con veinte años revolucionó la forma de grabar y bla, bla, bla…

La primera vez que pisé tierras ibicencas tenía en la cabeza aquella portada de su disco Voyager, con el mágico monumento natural de la isla de Es Vedrá emergiendo imponente de las aguas. Poco después visitaría aquella playa para retratarme con la roca al fondo, como ya lo hizo Mike un año antes.

Voyager, Mike frente a Es vedrá

Y es que soy de esa rara especie de personas que aún escuchan a oscuras de principio a fin su primer Tubular Bells, y pretende tocar al aire las campanas con los compases del final. Soy de esos que disfrutan con el estribillo de Five Miles Out y que se emociona con ese algo enigmático de las canciones de Islands o de Earth Moving. Puede que Amarok sea uno de los discos que más he escuchado en mi vida, banda sonora de tantos intentos de creatividad literaria. Sí, yo soy de esos.

El caso es que hace diez años volví a Ibiza para recorrer de nuevo la isla, y recordar rincones casi olvidados, en una primavera algo más fría de lo habitual. Y ocurrió que una ventosa tarde en que la seductora cala de Benirrás estaba desierta, mientras paseaba absorto cerca de las olas, entregado a recuerdos de años pasados, dos siluetas se dibujaron a cientos de metros de donde yo estaba. Eran un hombre y una mujer. A pesar de la distancia distinguí cómo el viento agitaba sus cabellos, antes de descender a la playa, para comenzar a pasear por la orilla.  Mis pies se detuvieron entonces. “Es Mike”, pensé casi en voz alta. “Es Mike”. Y la pareja se fue acercando por el margen de la arena mientras mi cabeza decidía confundida cuál sería mi siguiente acción. Si realmente se trataba de Mike Oldfield podía tratar de saludarle. Quizás un tímido “Hello Mike” sería suficiente. ¿Qué tal un apretón de manos? ¿Qué tal un “are you Mr Oldfield”?  ¿Y si no era él? ¿Y si, poseído por la vanidad del endiosado artista, rechazaba por norma todo acercamiento de sus fans? ¿Y si simplemente no era el momento de dirigirme a él?

Mike Oldfield A pesar de que la última imagen que de él tenía en mi cabeza era aquella foto con pelo corto y rubio platino de la etapa del Tubullar Bells III, y de que su aspecto había cambiado bastante desde entonces, mi vista no me había engañado. Aún no comprendo cómo pude adivinar su figura a tantos cientos de metros de distancia. Pero cuando ya pude escuchar sus pasos por la arena y noté su presencia a mi lado, giré mi cabeza y sus ojos se clavaron en los míos. Eran azules; muy azules. Me sonrió e incluso hizo ademán de detener su paso, quizás porque yo también hice un gesto de acercamiento. Pero me quedé paralizado. No supe que hacer. Entonces él, que no había llegado a detenerse por completo, retomó su marcha habitual y continuó con su paseo de la mano de su acompañante. Sus huellas en la arena se mezclaron con las mías. Era Mike.

Diez años después ya no vive en Ibiza. Descubro que se ha separado de su mujer y que ahora vive en Las Bahamas, desde donde publica Man on the rocks,  un disco de canciones a lo blues-rock , esta vez apoyado por Luke Spiller como único vocalista, con registros cercanos en muchas ocasiones a los de un  joven Freddie Mercury. Y entre baños de sol, paseos por la playa y excursiones en yate entre las islas, Mike ha hecho un disco sencillo de digerir y alejado de toda complejidad experimental del pasado. Ahora llega el momento de posicionarse a un lado de la delgada linea que  separa la simplicidad de la banalidad. Para muchos, tras seis años de silencio, este disco es otro paso que se aleja cada vez más de la maestría de su primer Tubular Bells. Pero ocurre que cuando escucho a todo volumen el épico final de Man on the rocks, el tema que da título al disco , no puedo parar de pensar que aquel hombre con el que me crucé en la playa de Ibiza es el mismo que ahora comienza la canción diciendo:

“Has venido a mi mundo,
Te puedo enseñar a dónde llevan las pisadas en la arena (…)
Si te pido que me sigas , lo harás. ”
 
“So you came to my world,
I can show you where they lead to footprints in the sand (…)
If I ask you to follow, you will”
 

mike

 

 

 

La Semana Mágica de Great Valley -relato-

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Era mediodía y hacía calor. La señora Mildred se acercó de forma sigilosa al mendigo de la puerta del supermercado; el que siempre estaba allí, el de las barbas grises y el gorro de lana. Como cada día, el hombre terminaba de escribir con un rotulador en un cartón arrugado. Apuntaba todo aquello que comía. Aquella acción servía de gancho para atraer a las limosnas. En aquella ocasión se leía:

7.15 AM café  –   8.24 AM pera

Mildred miró hacia ambos lados pero no había nadie. Aquella era una mañana tranquila.

―Buenos días – saludó con educación a aquellos ojos azules pero hundidos por la dureza de la vida en la calle.

―Hola señora― contestó el mendigo intuyendo que la mujer tenía algo importante que decir.

―Verá, he pensado… bueno, mire… yo tengo un terreno…quizás usted podría cuidarlo. Allí hay alojamiento y podría darle comida…

Con aquel acto bondadoso quedaba oficialmente inaugurada la Semana Mágica en Great Valley. Aquel veinticuatro de abril y sin saberlo, la señora Mildred había tenido el honor de cortar la cinta invisible que daba paso, como todas las primaveras a aquellos siete días de ilusiones.

―Tenía tanto miedo a que me rechazaras – dijo apenas unas horas después Alex, aquel chico moreno y algo desgarbado del conservatorio de música, mientras apretaba a Sarah contra su pecho.

―Te quiero Alex –susurraba ella con los ojos cerrados.

―Pero por otro lado estaba seguro de que ocurriría.

Sarah levantó la mirada y sonrió.

― Es la mejor Semana Mágica que podría tener…

Es probable que poco después se besaran y que dirigieran sus pasos hacia algún lugar común, cogidos de la mano, mientras a varias manzanas de allí sonaba el timbre del número veinticinco de West Street.  El pequeño Brett estaba dibujando en su cuarto cuando esto ocurrió.

―¡Brett, cielo, puedes abrir la puerta, estoy al teléfono! –gritaba su madre desde la cocina.

Brett bajó de un salto de su silla y en menos de cinco segundos abría la puerta de la calle.

―Hola Brett –sonreía un hombre que portaba un ramo de flores en la mano.

Brett abrió mucho los ojos. Sin decir nada salió corriendo hacia la cocina.

―¡Mamá! ¡Ha funcionado! ¡Ha funcionado! –gritaba por el pasillo.

Cuando la madre llegó al hall de la casa, el hombre ya había entrado varios pasos.

―Hola Brenda.

La madre miró a su hijo y lo mandó a jugar a su cuarto con las palabras que siempre empleaba:

―Brett, ve a jugar a tu cuarto.

―¡Pero mamá…! ¡ Ha funcionado! –refunfuñaba Brett.

―¿Ronny, qué estás haciendo aquí? –preguntaba Brenda perpleja.

―¿No me vas a dejar pasar? ¿Ni siquiera un día como hoy?

―Fue mi deseo para la Semana Mágica, mamá. Y se ha cumplido –insistía Brett.

―Brett, he dicho que vayas a tu cuarto. Tengo que hablar con tu padre― ordenaba su madre de nuevo.

―Vamos Brenda, podemos hablarlo –insinuaba Ronny mientras su hijo corría malhumorado hacia su habitación.

―No des ni un paso más dentro de esta casa o llamaré a la policía. No eres bienvenido –Brenda recalcó cada una de éstas tres últimas palabras.

Puede que Ronny insistiera un poco más antes de dejar las flores sobre el recibidor  y salir de la casa, en el momento en que una madre golpeaba su puño contra el pecho del doctor Henman, en uno de los pasillos del único hospital de la ciudad.

―¡No es cierto! ¡Dígame que no es verdad! –repetía casi sin aliento.

El Dr. Henman aguantaba el tipo y miraba serio al marido de la mujer que trataba de sujetarla por los brazos.

―Annie, cariño… –insistía el marido de Annie intentando separarla del doctor.

―Verá, tenemos una psicóloga que les atenderá con mucho gusto –informaba de forma correcta el Dr. Henman.

De pronto las piernas de Annie se doblaron y en menos de un segundo su cuerpo cayó al suelo. El doctor se agachó con rapidez y la agarró de la muñeca queriendo tomarle el pulso.

―Es un desmayo, no pasa nada. ¡Enfermera!

―Annie, cariño… ―volvía a sollozar su marido.

Y Annie emitía un leve suspiro mientras en el pasillo del hospital resonaban nerviosas las zapatillas de las enfermeras, y a pocas manzanas de aquellas habitaciones la señora Murray  se acercaba a la ventanilla de cristal de Great Markt, el centro comercial al otro lado de la calle.

―Buenas tardes , señora Murray, ¿Cómo está usted hoy? –saludaba un hombre de mediana edad desde dentro.

―Hola Jenkins, no me llames de usted. Todavía no soy tan mayor, que no te engañe mi pelo gris –bromeaba la mujer.

―Como quieras, Elisa –sonreía Jenkins― ¿quiere el número de todos los años?

―Efectivamente. Y que sea por muchos más. Este año voy a tener suerte, lo presiento…

―¡Marchando el número favorito de la señora Murray! –bromeaba Jenkins introduciendo un número de lotería por la ranura de la ventanilla―. Recuerde guardarme mi parte cuando le toque.

―Como todos los años, Jenkins. Como todos los años – contestaba Elisa mientras soltaba unas monedas.

―Feliz Semana Mágica, Señora Murray.

―Feliz Semana Mágica, Jenkins. Y llámame Elisa, te lo suplico.

La Señora Murray dijo esta última frase despidiéndose con el brazo en alto mientras se alejaba de espaldas. Puede que aquel año  la suerte decidiese por fin  llamar a su puerta.

J.S.

El ronquido del oso pardo -relato-

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Carlos aprieta el pulsador del walkie-talkie con tanta fuerza que su mano tiembla. En realidad es todo su cuerpo el que lo hace. Marcos no contesta. Carlos insiste pero no hay respuesta. Lo último que se ha escuchado es un sonido brusco, irreconocible; un pitido y después silencio. En el exterior todo parece normal. La naturaleza sigue su rumbo ajena a cualquier sainete. Pero dentro de la cueva se firma una  tragedia, de las buenas.

―¡Marcos! ― vuelve a gritar Carlos al borde de las lágrimas. ―¡Marcos! ¡Marcos!

No sale nada más de su garganta. Vuelve el silencio. Camina nervioso por la nieve, tirita de frío y se introduce unos pasos en la boca de la cueva, como si él también hubiese perdido la apuesta. No se escucha nada. No se atreve a gritar adentro. Aprieta el botón del transmisor esta vez con delicadeza.

―Dime si me escuchas ―Carlos pregunta y espera unos segundos ―Voy a entrar, Marcos…

La historia comienza varios meses atrás. En una sobremesa con vino riojano en botella añeja.

―Pero… vamos a ver. Todo lo que te han dicho en la escuela te lo has creído y ya está. Cuando eres pequeño no te cuestionas nada. Te dicen que el guepardo es el que más corre y se acabó. Y que los pingüinos incuban un huevo entre las patas con tormentas de nieve de tres pares de cojones y “palante” ―Marcos sentencia y se sirve otra copa.

―Pero todo eso se ha visto en la televisión, en reportajes… ―justifica Carlos acercando también su copa a la botella, que se resiste en vaciarse.

―¡Exacto! Pero joder Carlos, si estamos hablando de lo mismo.

―Pues ya está.

―Pues ya está. ¿Dónde viven?

―¿Quién?

―Los osos. Estamos hablando de los osos. Los osos pardos.

―Pues en el monte…

―Joder Carlos, ya lo sé. No van a vivir en… puticlubs. ¿Pero en qué parte de España?

―No sé. En Galicia ―Carlos bebe mientras piensa un instante ―. Y en el norte, en Cantabria o por ahí.

―Dime una sola persona que conozcas que haya visto a un oso pardo en libertad.

―Yo que sé. Mis amigos son informáticos.

―Vale. Y ahora, dime una sola imagen que hayas visto en la televisión, en cualquier reportaje, en internet, donde sea ―Marcos hace una pequeña pausa dramática, cambia su registro y luego continúa casi en voz baja― Enséñame una sola imagen de un oso hibernando.

―Marcos, yo no busco imágenes de osos en internet.

―Y aunque las buscases no las encontrarías. Porque todo es mentira.

Carlos mira al techo y suelta una carcajada.

―¿Qué es mentira? ¿La vida del Oso pardo? ¿No hibernan, o como se diga? ¿Viven en cabañas de madera con el Oso Yogui?

―No hay ni una sola prueba de ello. Enséñame una sola foto de un oso acurrucado en su cueva y me lo creeré.

―Marcos, en serio te lo digo. Te prometo que no sabía que eras tan gilipollas…

―Espera, espera, espera…. Ya está. Ya lo tengo. Olvida todo lo que he dicho. Me acabas de abrir los ojos.  Tú y yo nos vamos a ir a Galicia a comer mejillones y a hacer historia.

            Carlos vuelve a reír con fuerza.

―Tú lo que quieres es ir a La Coruña, y de paso mirar si los osos pasan el invierno en los puticlubs de la zona.

―Carlos, Carlos… Carlitos ―Marcos acerca sus manos a la cara de su amigo y sujeta su cabeza―. Vamos a hacer historia. Vamos a grabar en vídeo el primer oso pardo roncando a pierna suelta. ¿Todavía tienes la cámara?

―¡Quita, hombre! ―Carlos libera su rostro de las manos de su amigo ―que te están saliendo zarpas de sólo pensarlo.

Marcos termina de servir las dos últimas copas. La suya un poco más vacía; la de su amigo se lleva las últimas gotas del excelente caldo. Quedan en silencio. Carlos juzga los taninos que recorren su fino paladar. Marcos le vuelve a mirar de forma seria y pregunta:

―¿Qué vas a hacer este invierno?

J.S.

Pet Shop Boys: en clave de triunfo

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El dúo asciende de los Campos Elíseos al Olimpo de las pistas de baile. Con ELECTRIC regresan al que fue su hogar entrando por la puerta grande.

ELECTRIC CD

No ha pasado ni un año desde que Pet Shop Boys publicara su anterior trabajo Elysium (aquí puedes ver nuestra reseña), un canto sereno y reposado que fue recibido de forma templada (ni fría ni caliente) por crítica y público, cuando de pronto nos sorprende la irrupción (Irrupción: entrada impetuosa en un lugar) de este ELECTRIC en su ya dilatada discografía.

En estos meses, el dúo ha roto de forma amistosa con Parlophone, su discográfica de toda la vida con la que guardaban una excelente relación, para crear su propio sello llamado X2 (Times Two) y lanzarse a la conquista del mercado mimando cada detalle y con un mayor control sobre su producto. El caso es que el resultado les ha salido redondo y Electric ha entrado directamente al número 3 en el UK Chart, dispuesto a copar la cima si le dejan,  y es número 1 en la listas pop del iTunes de media Europa.

Pero la pregunta es obligada: ¿Por qué este disco es mejor que sus anteriores trabajos y alcanzará por fin lo que sus predecesores no consiguieron?

Todo el mundo apunta a Very (1993) como su último gran disco. PSB rompían con todo lo que habían hecho hasta la fecha y la huida hacia adelante y su propia reinvención eran evidentes. De las fotos en blanco y negro y la cara de yogur agriado de la época de Behaviour (1990) se pasaba al color naranja, aumentaban considerablemente los BPM y surgían los capirotes en la cabeza; era la época de Go West y los disfraces de diseño. Desde entonces, cada disco nacía (según el propio Neil Tennant) como una reacción al anterior. Pero todos ellos, desde Bilingual (1996) hasta el propio Elysium (2012) tenían sus grandes momentos pero también sus puntos débiles,  y aparecían así mismo las baladas estilo Footsteps (Nightlife 1999) que muchos fans borrarían si pudieran.

Sin embargo, Electric es mucho más compacto. Son sólo nueve temas, resiste las escuchas, las baladas han sido desterradas y el sonido es tremendamente fresco (supera con creces la prueba de la escucha en el habitáculo del coche). Así, mientras Daft Punk se abre paso con Random Access Memories , el otro aclamado gran disco de música electrónica del momento, pero lo hace inspirándose en  el pasado, el nuevo trabajo de PSB mira hacia adelante. De eso ya se ha encargado el multi-premiado productor Stuart Price, cuyas ideas y forma de trabajar han sido alabadas por el dúo. De hecho se espera que Stuart vuelva a trabajar con los Pets en lo que será una especie de trilogía colaborativa.

Photograph by John Wright

Por alguna razón, hay en este disco un aire que recuerda en muchas ocasiones a su primer trabajo Please (1986) pero estupendamente restaurado y puesto al día. En Electric hay destellos de West End Girls, Why don´t we live together o Two Divided by Zero. La mezcla de melancolía propia de la casa con el sonido eléctrico más actual es un cocktail que funciona, para regocijo de sus fans.

Y si a todo esto le sumamos que Tennant y Lowe andan más cerca de los sesenta que de los cincuenta, el mérito es aún mayor. Según ellos, su gusto por entrar en el estudio de grabación sigue siendo su gran motor, y lejos de acomodarse quieren continuar descubriendo nuevos caminos.

Así que, sin duda un gran sabor de boca es el que deja este eléctrico álbum, una crítica positiva más que se une a la gran cosecha que está recolectando el disco, pero es que hasta en el NME parecen haberse reconciliado con ellos.

Y para terminar, servimos en bandeja  Love is a Bourgeois Construct, un tema que aglutina el talento y la energía que los Pets guardaban en la recámara, llamado a recoger el testigo de Go West  y su mayor candidatura a número uno desde hace hace veinte años.

El album al completo puede  escucharse de forma gratuita desde el primer día en el canal de Youtube de Pet Shop Boys.

J.S.

Bukowski en la cola del paro -relato-

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Todo empezó la noche de la infección en los riñones. La fiebre me había hecho sudar tanto que al despertar decidí tirar la camiseta a la basura. Pero antes, al intentar levantarme, mis piernas temblaron como las de un cervatillo recién nacido. Llegué al cuarto de baño palpando las paredes como un ciego a plena luz del día, y al darme cuenta de que el inodoro se teñía de rojo decidí que era hora de ir al médico.

En la sala de espera de la consulta hacía calor y olía a sopa de anciano con medicinas. Mientras esperaba, observé mi rostro reflejado en el cristal de una puerta y comprendí por qué todos los pacientes me miraban. Papillón asomando la cabeza por la trampilla de la puerta de su celda no tenía peor aspecto que yo en aquel momento.

Esperé durante casi dos horas para ser atendido ya que no tenía cita previa y siempre había casos más urgentes que el mío. Siempre hay gente que se encuentra peor que tú. Siempre hay quien anhela lo que tú tiras a la basura.

Cuando días después tuve que regresar a aquella sala de espera, decidí llevar conmigo un libro, uno de Bukowski. Pensé que si tenía que esperar de nuevo sería mejor estar acompañado. Entonces descubrí que aquel era un buen sitio para disfrutar de aquellas crónicas de bajos fondos. El pobre Chinaski siempre estaba más jodido que yo, y la lectura de sus calamidades me permitió evadirme mientras la enfermera iba llamando uno por uno a todos los pacientes de la sala, pero nunca era mi nombre el que pronunciaba. Definitivamente, esperar allí era una parte importante de sufrimiento a añadir a cualquier patología, y sólo la lectura parecía aliviar los síntomas.

Pocos días después tuve que enfrentarme a una situación aún más complicada.

La cola del paro se extendía varias decenas de metros a un lado de la acera, minutos antes de que la oficina abriera sus puertas. Los primeros de la fila aguardaban allí desde horas antes de que amaneciera; no había números para todos.

Una vez dentro de la casa de los horrores, como yo había bautizado a aquella infame oficina, tuve que volver a esperar de manera agotadora para ser atendido. Volví a echar de menos entonces al pobre Chinaski y sus desventuras en el lado salvaje de la vida.

Al día siguiente,  me ví obligado a regresar para entregar un documento que había olvidado, pero esta vez Bukowski volvió a acompañarme bajo el brazo. Cuando yo estaba mal, sus personajes siempre estaban infinitamente peor. Leer sus libros en la cola del paro era como leer la Biblia en un altar. No había un lugar ni una situación mejor. Para mi sorpresa, aquella mañana el tiempo pasó tan rápido que pronto me vi de vuelta a casa, con varios papeles del paro firmados y doblados entre las páginas del libro.

Y así fue como al día siguiente salí de casa temprano, armado con mi libro de camino a mi particular biblioteca. Aunque no tenía nada que firmar aquella mañana, busqué un asiento vacío  y simplemente me senté a leer, mientras los números rojos de las pantallas que colgaban del techo avanzaban con la lentitud de un cortejo fúnebre, y los cadáveres se aproximaban a las mesas para entregar papeles, para recogerlos, para protestar, para llorar, para rogar, para implorar, para seguir peleando a la contra.

Y yo, en aquel asiento azul de plástico desgastado, me sentía liberado de la carga de tener que avanzar hacia los funcionarios y devoraba las historias de los suburbios más oscuros y las pensiones más baratas de Los Ángeles.

Durante varios días seguí con el mismo ritual. Aquella pequeña rutina me mantenía vivo. Me levantaba a eso de las diez, desayunaba, me duchaba y emprendía mi camino como cada mañana a mi biblioteca privada. Algunos oficinistas comenzaban a estudiarme de reojo, pero no parecían darle mucha importancia. Supongo que tenían suficiente con intentar resolver los asuntos de los demás miembros de aquel club de las caras largas.

Mientras tanto, yo seguía disfrutando cada día de mi lectura. Y el bueno del personaje de Chinaski seguía metiéndose en líos, y sus trabajos eran cada día más penosos y sus enfermedades también lo eran; sus borracheras seguían en aumento, como también lo hacían sus peleas y el número de mujeres que pasaban por su cama. Él siempre estaba peor que yo y las líneas de aquel libro habían encontrado el mejor lugar para ser liberadas. No se podía leer a Bukowski en la playa o en una verde pradera. Los párrafos fluían con suavidad en la oficina del paro, en la casa de los horrores; aquel era el lugar.

Terminé aquel libro y lejos de querer dejarlo, me hice con La senda del perdedor y seguí con mi ritual de lectura diaria. Al fin y al cabo estaba seguro de que aquellos funcionarios no tenían preparado ningún puesto de trabajo que llevara mi nombre.

Pero ocurrió que una mañana un vigilante de seguridad, en el cual nunca había reparado, se acercó a mí con cara de pocos amigos.

-¿Estás esperando a ser atendido? –preguntó.

-No –dije con tranquilidad, sin levantar mi vista del libro.

-No puedes estar aquí.

-¿Perdón? –entonces sí levanté la vista.

-Esto no es una biblioteca.

-¿Ah, no?

-Eso he dicho.

-No lo sabía. Como aquí hay tantos papeles por todas partes…

-¿Eres el gracioso de la sala?- al llegar a esta pregunta el vigilante no ocultaba su cabreo.

-No señor, soy una persona muy normal- respondí con una sonrisa.

-¿Ah, sí? Yo creo que estás por debajo de lo normal.

Cerré el libro con tranquilidad y me levanté.

-Escuche amigo, éste es un lugar público. Tengo tanto derecho a estar aquí como usted y no pienso mover mi culo de este asiento de plástico mugriento, porque supongo que un pedacito de él lo he pagado con mis impuestos, con los mismos que pago tu miserable sueldo.

-¿No me digas? –sonrió enojado el vigilante- ¿Y también has pagado mi porra con tu sueldo?

Aquel tipo vestido de uniforme desenfundó su porra a la velocidad del rayo y noté cómo algo golpeaba mi cabeza. Caí al suelo boca abajo y él colocó su rodilla sobre mi espalda y tiró de mi pelo hacia atrás.

-Escúchame bien, tarado de mierda –susurró a mi oído mientras mi cabeza comenzaba a sangrar- , vas a coger tu culo con una mano y con la otra ese libro que tanto te gusta y te vas a largar de aquí echando leches. Y el primer lugar al que vas a ir será el primer supermercado que encuentres,  para ver si necesitan a alguien que sea capaz de colocar todos los carritos de la compra en fila o de reponer el papel higiénico de las estanterías. Y si no necesitan a nadie porque el puesto está cubierto por alguien tan listo como tú, vas a probar en el siguiente comercio que veas abierto, y así hasta que hayas terminado con todos y cada uno de los comercios de esta ciudad. Y si aun así no consigues ningún trabajo, te irás al pueblo de al lado o cogerás un tren al siguiente, pero antes de que comience una nueva semana quiero verte trabajando para que no vuelvas a aparecer por aquí nunca más.

               El vigilante dejó de ejercer presión sobre mi espalda y yo traté de incorporarme mientras un hilo de sangre comenzaba a bajar por mi frente y a columpiarse por mi nariz.

-¿Dónde está mi libro? –pregunté aturdido.

-Aquí está –apuntó un niño sonriente recogiéndolo del suelo. Yo lo miré extrañado.

-Señor, su libro –repitió él tirando de mi pantalón a la altura de la rodilla.

               De pronto desperté y volví a la realidad como quien vuelve de un largo viaje. Me había quedado dormido, sentado en aquel incómodo asiento de sala de espera. El niño dejó el libro sobre mis rodillas y volvió corriendo a los brazos de su madre, una mujer delgada que me miraba con gesto serio desde otro triste asiento de plástico azul.

Miré a mi alrededor. Los números rojos seguían avanzando lentamente. Las mesas continuaban recibiendo a personas que firmaban papeles. Los teléfonos sonaban y nadie parecía querer cogerlos. Me levanté y me llevé la mano a la cabeza, para cerciorarme de que no había brecha alguna ni sangre resbalando por mi rostro.

Regresé a casa; Bukowski en la cola del paro podía llegar a ser peligroso.

J.S.

Grande

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El intruso

Habían inventado los refrescos talla XXL y los tanques de palomitas que llenarían los cuatro estómagos de un rumiante. Llegaban en coches grandes de esos que saldrían victoriosos en caso de gran colisión, de esos que llevaban ruedas de camión.

Llegaban en camiones gigantescos con grandes luces y bocina de transatlántico, para que todos supieran que habían llegado. Camiones que descargaban en imponentes naves que pertenecían a las grandes multinacionales, las que siempre pagaban a principio de mes, las que colonizaban el planeta y regían los destinos de los grandes países. Esos países dirigidos por grandes hombres, reconocidos en las mejores universidades, en las más grandes, las que más alumnos sobradamente preparados escupían al sistema. Esos estudiantes que algún día tendrían un gran yate para cerrar importantes contratos justo antes del comienzo de la mayor fiesta flotante del Mediterráneo, para luego volver a su casa de tres plantas, la de la gran fuente en el jardín, la del enorme gimnasio en el subsuelo y la piscina olímpica para dos. La de los cinco cuartos de baño y las enormes facturas pagadas con el cheque del gran banco, el mejor; al que confiaban sus ahorros la mayor parte de los inversores, los del saldo con el mayor número de dígitos, los que veían evolucionar al alza sus acciones en la banda de triángulos verdes, esa que se desplazaba a gran velocidad por la parte baja de su gran pantalla plana, cada vez más plana y más grande.

Y sus bolsillos se iban llenando de billetes, muchos, cuanto más mejor. Y puede que algún día alguno de estos peces gordos, el más gordo de todos, decidiera pagarse el viaje de vacaciones a una isla lejana, hasta donde sólo un pescador podía acercar a los turistas en su barca. Y el pez gordo le hablaría de cobrar dinero por sus servicios, ya que el pescador era el único que conocía aquel mar y sus corrientes. Y le hablaría de invertir lo ganado en más barcas hasta  crear un gran imperio de transporte interinsular, para al final de sus días poder venderlo todo y retirarse a algún paraíso a descansar, sin darse cuenta de que allí es precisamente donde se encontraba.

Todo lo grande, lo inmenso, lo ingente, lo superior… todo aquello iba triunfando mientras yo escuchaba al pequeño hombre de fina voz taladrar mi corazón, rasgando con sus menudos dedos aquella guitarra barata.

David Bowie, ataque por sorpresa.

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The Next Day, número 1 en 21 países.

El nuevo disco de David Bowie alcanza el Nº1 de iTunes en 21 países

El 9 de enero de 2012 me preguntaba desde estas líneas ¿Dónde está Bowie?. Exactamente un año después, el Duque Blanco publicaba el single adelanto de su nuevo disco bajo el título de Where are we now? , lo que me daba a entender que ni siquiera él podía contestar a mi pregunta lanzada al viento.

Al día siguiente del nacimiento de su nueva criatura, un disco bautizado como The Next Day, era curioso observar cómo los críticos de medio mundo andaban desorientados como hormigas intentando mantener la calma en la puerta del hormiguero; como perro levantando las orejas a media noche al escuchar pasos en la escalera.

El caso es que el tema Where are we now? no era lo que los críticos esperaban. Se trataba de una canción demasiado amarga, demasiado lenta, demasiado triste, evocadora, melancólica, dura, hiriente, decadente… demasiado todo lo que no era Heroes, Starman o Space Oddity.

Las plumas de los periodistas temblaban al intentar criticar algo tan desorientador creado por uno de los más grandes, y seguramente a día de hoy, a muchos de ellos les gustaría reescribir sus críticas conscientes de que David ha vuelto a ganarles la partida. Bowie era ese chorro de agua fría sobre el hormiguero y a su vez los silenciosos pasos subiendo la escalera. Había pillado a todos por sorpresa. Había atacado a media noche.

Tras un largo periodo de ausencia, motivado por sus problemas de salud y su pérdida de interés por la música, una luz había vuelto a encenderse en el cerebro creativo de uno de los más influyentes artistas de la era moderna. Así que un buen día volvió a llamar a la puerta de Tony Visconti para comunicarle la Buena Nueva de que volvía a tener ilusión por grabar alguna canción. Y el productor, como no podía ser de otra manera, accedió a modelar en secreto el material que volvía a surgir con magia, fruto de un talento inagotable.

Al final de todo, puede que la respuesta a mi pregunta inicial sea una de las más sencillas: Como cowboy al calor de una hoguera nocturna en territorio comanche ; como general la noche antes de la batalla decisiva; como ladrón en ese coche aparcado en doble fila, envolviendo su rostro en sedosa media de mujer esperando la señal para el atraco; como Miserable tras la barricada, bebiendo la última noche antes del ataque de las bayonetas; como león apostado tras la maleza espiando a las rumiantes gacelas, Bowie esperaba a contraviento el momento de saltar de nuevo a la conquista de los corazones más heridos. Porque, pese a lo que muchos piensan, las estrellas nunca duermen.

Como gata en celo -relato-

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Imagen: "welcome to my neighbourhood", Flickr, licencia CC

Pedaleaba a gran velocidad sobre una pequeña bicicleta de color rosa, justo antes de que aquel espeluznante maullido me despertara. Supongo que la onírica bicicleta se evaporaría en forma de nubecita por encima de mi cabeza. Jamás conseguiría atrapar a los ladrones de mi sueño.

Llevaba apenas un par de meses en aquel piso y la ventana de mi habitación daba a un patio interior con mejor acústica que el  teatro Colón de Buenos Aires. Los platos chocando contra los fregaderos podrían escucharse sin esfuerzo sobre los compases finales de la Cabalgata de las Valkirias y Richard Wagner quedaría complacido. Cada cocina con ventanas al patio era como un Mediamarkt donde  lavadoras, batidoras y exprimidores de naranjas estaban a prueba todo el día, por no hablar de la sección de televisores en los salones. Todo allí funcionaba. El mostrador de atención al cliente era lo único que no existía.

Los vecinos eran tenores y compartían lecho con sus mujeres, las sopranos. Ellas jugaban en la misma liga que Monserrat Caballé. Se codearían con ella si fuera necesario.

Ajeno a todo, mi compañero de piso dormía en la habitación de la otra esquina de la casa, mientras yo hacía lo posible por acostumbrarme a aquel concierto diario y a todos los afinados instrumentos. Pero algo me decía que había un sonido al que nunca lograría acostumbrarme: la voz aterradora de la gata de los vecinos del tercero. Aquel animal parecía estar en celo todo el año y era evidente que sus deseos jamás eran satisfechos.  Los sonidos que emitían aquellas felinas cuerdas vocales reclamando a algún macho de los alrededores harían estremecer a mismísimo Richard Kuklinski, el hombre de hielo.

Noche tras noche, día tras día, mi sueño era interrumpido por aquella gatita melosa llamando a Fritz , el gato caliente, o algún Trotamúsico Burlón que se pusiera las botas para hacerla estremecer por vez primera.

Sucedió entonces que una noche desperté hacia las tres de la mañana, justo en el momento en que el autobús de mi sueño caía en picado por un precipicio. Es curioso cómo una persona puede  dormir apoyado en el vibrante altavoz de una discoteca, pero a veces un leve sonido puede ponerte  en alerta cuando es desconocido. En aquella ocasión fueron unos susurros a deshora, provenientes del piso de la gata insatisfecha, que esta vez guardaba silencio.

-¿Está muerta?-preguntaba en voz baja una voz de mujer.

-Claro que lo está. Te dije que sería sencillo- ratificaba su marido.

-Fíjate. Está fría…

Tras esta inquietante conversación nocturna, logré dormir a pierna suelta ya que ningún sonido humano ni animal vino a molestarme  aquella noche. Desperté a la mañana siguiente con una sensación extraña que no  era otra que la de haber conseguido descansar por fin. Me levanté de la cama como el protagonista de un anuncio de cereales, listo para afrontar la jornada…

Terminado mi habitual día de trabajo regresé a casa a eso de las nueve. La casualidad quiso que compartiera el ascensor con uno de mis vecinos, un hombre mayor de aspecto serio y cara de no haber descansado la noche anterior. El mundo está lleno de personas así.

-¿A qué piso va?

-Al tercero –respondió con un hilo de voz y mirando al suelo. Bajo el brazo llevaba una caja de cartón.

Fue entonces cuando reconocí que aquella era la voz que había escuchado la pasada noche, y seguramente aquello que sostenía el hombre bajo el brazo era el improvisado ataúd para su difunto felino. No dije nada. Se despidió al llegar a su piso y salió cabizbajo del ascensor.

Dos escaleras más arriba, mi compañero de piso -con el que yo apenas coincidía- , se preparaba un enorme bocadillo de los suyos. Él  llevaba varios años viviendo allí. Nuestros  horarios tan sólo nos permitían gastar juntos  un par de horas al día, que  empleábamos  en cenar y criticar todo lo que veíamos en la televisión. Nos reíamos de cualquier cosa para olvidar nuestros trabajos. Era un buen chico.

-Por cierto, no te lo vas a creer… – dije al terminar de cenar, mientras me reclinaba en el sofá.

-¿Qué te ha pasado ahora? – me preguntó él, simulando estar cansado de mis historias.

-He subido en el ascensor con el vecino del tercero… -comencé a relatar.

-Ah, sí. Lo conozco. Es un buen tipo. Él y su mujer. Pero… me dan mucha lástima.

Yo guardé silencio. Él continuó:

– Sí. Es por lo de… su hija. La pobre niña. Tiene esa rara enfermedad… ya sabes a lo que me refiero. Yo antes dormía en tu habitación.

En la pantalla del televisor, una silueta alzaba un cuchillo tras la cortina de una ducha al compás de unos violines.

“Te dije que sería sencillo”,  había escuchado susurrar al vecino del tercero.

J.S.

El Patio Interior en 2012

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2012 de este blog.

Aquí hay un extracto:

600 personas llegaron a la cima del monte Everest in 2012. Este blog tiene 4.600 visitas en 2012. Si cada persona que ha llegado a la cima del monte Everest visitara este blog, se habría tardado 8 años en obtener esas visitas.

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